Una ineficaz Ley del Libro para un país sin lectores y con las bibliotecas cubiertas de polvo

Unos precios de aquí: la ley franquista del 75 sobre el mantenimiento de los precios fijos. Otros pecios de allá: se desactiva el rico descuentazo en los textos con el que, en el 2000, Rato hizo obsequio al conjunto de grandes superficies, para dejarlo en una, digamos, llevadera y suave liberalización ondulante. Y ya tenemos Ley.

Fomentar la lectura es el gran objetivo de este país donde los devoradores de libros son cada día menos. ¿Y qué hacer?, que diría Lenin. ¿Y qué hacer?, que dirá la Calvo. Incrementar la dotación para las bibliotecas públicas; indiscutible, afortunada idea. Pero, ¿quién llevará a las gentes hacia esas bibliotecas. ¿La Televisión Española – tan pública como aquellos establecimientos escuálidos- cuya corresponsal en Jerez de la Frontera calificó como piara a una grácil tropilla de caballos? ¿La Televisión Española, que no dispone un duro para que cante un ciego, en la bicentenaria gesta de la Independencia, pero que puede invertir ocho millones de las antiguas pesetas, semana tras semana, para mostrarnos los trémulos volúmenes de Martínez-Bordiú, hoy señora de Campos?

Es grave, también, que, en los últimos años, un 30% de la clientela que acudía a las librerías pequeñas se ha trasvasado al reino de los intrincados best-seller neogóticos de las grandes superficies. Pero, si la oferta es la misma y las condiciones mejores, el asunto tiene poco remedio. A no ser que el pequeño, en vez de en fotocopias, opte por singularizarse con sus fondos de libros de viajes, o de ciencias sociales o de poesía. En fin, de lo que quiera, porque setenta y seis mil títulos que aparecen al año ya dan para elegir. Volver al papel susurrante, entre boca y oído, de los viejos libreros, es un camino honroso.

Hoy, el libro se mueve en un terreno cuyo entorno asfixiante ni siquiera merece llamarse contexto, más bien un pedregal. Y este es el problema más grave, casi todo el problema, por encima de apliques, de remiendos y leyes. Se necesitaría, cuando menos, aquella presa de las Tres Gargantas para irrigar, en parte, tan enorme aridez; la iletrada sequía de un sinfín de editores, el adoquinado mental de otros tantos políticos, la mojama retórica de arbitristas, predictores y frailes o la televisión plural del Tigre de Ambiciones. Un imposible tirando a categórico.

Y, tal como ocurría en el fantástico desierto de los tártaros, salgo a la carretera por ver si viene Napoleón y nos invade.

Fuente El Confidencial.

* Antonio Bernabéu  periodista

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