Un premio a la excelencia

En el mundo de la enseñanza, los escolares de Primaria leen más que los de Secundaria; y éstos a su vez leen más que los de Bachillerato y los universitarios; un 38% de estos últimos confiesa que no lee nunca libros, lo que no deja de ser significativo. Sin embargo, las estadísticas recogen también que nunca se ha leído tanto en España como ahora -un 20% más que hace dos décadas-, ni tanta variedad de libros y formatos ni a edades tan diferentes. En cualquier caso, a pesar de esta favorable tendencia, sólo Grecia y Portugal tienen índices de lectura inferiores a los nuestros.

Y con el fin de propagar el hábito lector entre los niños y adolescentes, el director general del Libro, Archivos y Bibliotecas, Rogelio Blanco Martínez, ha declarado que es necesario fortalecer las bibliotecas escolares, como un instrumento de primer orden, ya que «formar lectores es formar ciudadanos libres y críticos».

Asimismo, ése es uno de los objetivos principales del reciente proyecto de ley de la lectura, del libro y de las bibliotecas, que reconoce la necesidad de impulsar las bibliotecas en los centros públicos escolares para reforzar los hábitos lectores en el alumnado «en todas las áreas del aprendizaje como dinámica imprescindible para participar en la sociedad del conocimiento», de acuerdo con lo expresado en la ley orgánica de Educación (LOE). (A mi juicio, el verdadero éxito de acercar el libro al lector, además de los muchos intereses editoriales y comerciales en juego, dependerá en buena medida de qué libros se lean, con qué criterios se haga, para qué fines).

Se suele considerar la lectura como una suerte de infalible recurso taumatúrgico. Y como el mejor instrumento de promoción y regeneración social. En los años treinta del siglo pasado, a una Biblioteca Popular Circulante de una aldea langreana se le puso el nombre de «La redención del pueblo».

Saber leer, escribir y contar todavía era un privilegio en la España de la II República. Esos saberes se destacaban en los documentos de identidad.
Veamos un ejemplo de ese carácter utilitario atribuido a los libros. En mayo de 1873 -tres meses después de proclamarse la I República- se inaugura en La Felguera el Casino de Obreros, donde al parecer celebraban sus reuniones los metalúrgicos internacionalistas de Duro y Compañía. Este casino era el primer centro de su naturaleza en Asturias con biblioteca propia. Su presidente Tomás Mendoza Marrón, farmacéutico y masón, se dirige a los socios y correligionarios aleccionándolos con estas palabras: «Instruyéndote, compañero, leyendo libros, ¡cumples tu sagrado deber de hombre libre sobre la tierra! Debemos aclimatar la asociación económica, la política y la cultural, estableciendo la lectura pública, el manejo de periódicos, folletos, libros y fomentar el gusto estético y la utilidad, oyendo a personas ilustradas y celosas de los intereses del obrero, abandonando el prurito de hablar sin conciencia de lo que se dice y huyendo de cuestiones miserables de localidad y personales».
En julio de ese año Mendoza Marrón solicita al ministro de Fomento libros para el casino. Lo hace en estos términos: «Tres mil obreros del carbón y del hierro os piden ese favor. No dudéis de su amistad política (republicana). No dudéis de su amor a leer. Que lean, ciudadano ministro. Leyendo para ser útiles a la patria».

También se ha magnificado la real influencia de la lectura. Hay circunstancias políticas y períodos históricos en los que, por la propia ignorancia de los censores, se atribuye a los libros el carácter subversivo que no tienen. Se asocia entonces cultura e insurrección. En Chile, durante la dictadura de Pinochet los soldados quemaron libros de pintura cubista porque sus jefes les hicieron creer que se trataba de propaganda de la Cuba castrista. Asimismo, tras ser sofocado el movimiento revolucionario del 34, en un verdadero auto de fe, fueron quemados por las tropas gubernamentales más de quinientos libros del Ateneo Obrero en el parque de Sama.

Por otra parte, volviendo a la promoción de la lectura y guardando todas las distancias históricas, sociales, políticas, culturales que desde entonces se han producido, el Ministerio de Educación y Ciencia ha convocado la pasado primavera el concurso nacional «Buenas prácticas de dinamización e innovación de bibliotecas escolares», cuyo objeto es convertir la Biblioteca escolar en un espacio integrador de la acción educativa y un recurso útil para el fomento de lectura y adquisición y desarrollo de las habilidades asociadas a la búsqueda y tratamiento de la información.
Pues bien, uno de los centros galardonados a escala nacional por el Ministerio de Educación y Ciencia ha sido el Instituto de Enseñanza Secundaria Jerónimo González de Sama de Langreo. La iniciativa premiada, que se llama «Jerobiblio», fue elaborada y puesta en práctica por nueve profesores del centro langreano.
Además del servicio de préstamo y consulta de libros, en el programa «Jerobiblio» se incluyen talleres, concursos literarios, recitales poéticos, así como diferentes actividades de investigación relacionadas con el universo de los libros; «Jerobiblio» cuenta, asimismo, con la activa participación del alumnado.

Corren tiempos en los que la enseñanza pública, sobre todo, se ve asediada por problemas que frecuentemente se magnifican, ocultando la labor diaria, difícil, callada, fructífera de cientos de profesores.

Por eso parece obligado significar especialmente la importancia de este premio a la excelencia concedido a los nueve profesores del IES Jerónimo González, que han dignificado así tanto su trabajo como a la enseñanza publica en general.

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