Panorama crítico de la literatura infantil

El emperador está desnudo
Panorama crítico de la literatura infantil

Tras
el espejismo de Harry Potter y los fuegos de artificio de superventas
siempre ajustados a la fórmula exitosa de turno, subsiste una
literatura infantil de calidad encarnada en un puñado de pequeñas
editoriales y en una nueva generación de escritores e ilustradores.

En
estos tiempos exhibicionistas y de arraigo narcisista, la importancia
que socialmente le atribuimos a la lectura en la infancia contrasta con
el escaso interés con el que contemplamos el cuerpo de la literatura
infantil. Sorprende, por ejemplo, cómo personas exigentes que escogen
con esmero aquello que van a leer son descuidadas, poco críticas y en
exceso condescendientes a la hora de seleccionar un libro para sus
hijos. También llama la atención la escasa presencia de parámetros
literarios en la selección del material que conforma la biblioteca
escolar (allí donde las haya) o en la elección por parte del maestro de
las lecturas obligatorias.

Empecemos dejando a un lado tanta
obsesión con Harry Potter. Hay mucho más en la literatura para niños y
jóvenes, de la misma forma que España es mucho más que toros y
flamenco. Cuidémonos de los espejismos que reflejan una imagen de
bienestar en la producción y atengámonos a la realidad de una oferta
precaria y homogénea encubierta tras tanto efecto especial, tanta
portada con purpurina y tantos indicadores de bienestar económico de la
industria. Y, sobre todo, refutemos de una vez ideas arraigadas,
extendidas y falaces como: “Si un libro es bueno necesariamente es una
lectura difícil y elitista”, “si un chaval no lee hay que darle obras
fáciles para crear el hábito”, “los libros sirven para transmitir
valores ”, “no importa tanto qué se lee como que se lea”…

Con la primera entrega de Memorias de Idhún
de Laura Gallego, quedó en evidencia cuánto ayuda un agresivo y costoso
plan de mercadotecnia para conseguir que un novela prolija en defectos
y estereotipos, que en un inicio no consiguió el favor de la crítica ni
del público, se convierta en un éxito de superventas. Esto, obviamente,
no es una situación exclusiva de la literatura juvenil. Sí lo es en
cambio que un escritor mediocre, hiperproductivo y sensacionalista como
Jordi Sierra i Fabra obtenga, gracias a un trabajo de pasillo, el
Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil y ni siquiera lo
secunde una voz de protesta en la prensa. Si una elección semejante se
diera con el Premio Nacional de Literatura, no imagino la magnitud del
escándalo.

Las dos situaciones antes apuntadas no son más que
síntomas del avance y consolidación de la paraliteratura destinada al
público infantil y juvenil: de esas obras de apariencia literaria que
responden exclusivamente a necesidades comerciales y se ajustan a una
fórmula exitosa. De pocos autores españoles para niños y jóvenes se
puede decir que escriban porque conciban al niño como un interlocutor.
Aunque hay escritores técnicamente muy buenos que consiguen obras
logradas, son escasos los que tienen algo propio que contar. A esto se
debe la preponderancia de temáticas sociales extraídas de los
noticieros y del periódico, la proliferación de polizones en la
conmemoración del quinto centenario de la muerte de Colón, el cansino
compromiso y óptica rousseauniana con que variopintas minorías y
discriminados oprimen las colecciones juveniles de los principales
grupos editoriales, el resurgimiento del libro rosa o la plantilla
fantástica caza recompensas.

Si el prestigio editorial o el de
un autor otrora era garantía de calidad o, al menos, de cierta
concepción literaria, este criterio sólo nos sirve hoy cuando tenemos
frente a nosotros los libros de un puñado de pequeñas editoriales:
Lóguez, Media Vaca, Ekaré, Libros del zorro rojo, Barbara Fiore,
Ediciones del Eclipse, Diálogo y algunas más. Ciertamente incluso en
los sellos de mayores dimensiones se publican buenas obras, pero no es
porque sus editores se planteen una búsqueda estética ni porque asuman
proyectos novedosos y autoexigentes. Sus quebraderos de cabeza van en
otra dirección. Bastante tienen con satisfacer el ritmo de producción y
conseguir la rentabilidad inmediata de cada novedad.

Una nueva
generación de ilustradores que aún mantiene cierta independencia del
mercado del libro de texto (principal empleador del medio), que
desarrollan proyectos personales, arriesgados e interesantes; un puñado
de escritores periféricos; algunos foros, colectivos y publicaciones;
algún maestro, algún bibliotecario y algún librero que realiza una
labor entusiasta, rigurosa y callada; junto aquellos pequeños sellos
editoriales que antes mencionábamos, nos plantean otra imagen y
realidad de la literatura infantil y juvenil, del niño y del joven, de
la infancia y de la creación. Imagen y rea-lidad que merecen ser
tenidas en cuenta y que sinceramente se desarrolla al margen de su
invisibilidad.

Contamos con voces, contamos con pinceles,
contamos con un público cautivo, contamos con medios económicos,
contamos con la remesa latinoamericana y con el interés internacional
que, por ejemplo, quedó de manifiesto cuando hace dos años España fue
país invitado a la Feria de Bolonia. Contamos también con unos cuantos
libros de calidad que mensualmente aparecen en las mesas de novedades.
Tenemos todo para confeccionar un traje a medida del emperador, ¿lo
conseguiremos?

Gustavo PUERTA LEISSE
Fuente: El Cultural de El Mundo. 20-26 diciembre 2007

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