No hay réquiem para el libro todavía (por Irene Lozano – Revista de Occidente)

Aunque en el momento de escribir estas líneas se ha paralizado el escaneo por nuevos problemas legales con las editoriales, es presumible que, antes o después, esta gran biblioteca electrónica estará disponible en la red para el acceso público.

Resulta, sencillamente, fascinante. Pero no conviene que, demudados ante la magnificencia del proyecto, quedemos ciegos ante sus inconvenientes o creamos a pies juntillas todas las bondades que respecto a él se han escrito. En The New York Times Magazine , Kelly lo ha equiparado al viejo sueño de la biblioteca universal de Alejandría, concebida, según él, «para albergar todos los rollos de papiro existentes en el mundo conocido». En realidad, el objetivo de Ptolomeo II cuando ideó la que sería la biblioteca más grandiosa del mundo antiguo no era almacenar papiros, sino sabiduría. Tres siglos antes de Cristo parecía estar mucho más claro que hoy que lo relevante de los libros no es su formato, sino su contenido. El rey egipcio ordenó recopilar íntegramente la literatura griega, en las mejores copias posibles, clasificar las obras y comentarlas. La biblioteca, sumamente completa, también contenía traducciones de obras literarias egipcias y babilonias. Se trataba, en suma, de un proyecto de conocimiento, de erudición, para el cual se contrató a sabios griegos a los que se ofreció un salario generoso y un lugar en una academia radicada en el templo de las Musas, el Museion, donde se albergaría la primera de las dos colecciones de la célebre biblioteca. La segunda, adscrita al templo de Serapis, se llamaba el Serapeion.

Uno de los sabios que trabajaron en aquel inmenso proyecto fue el poeta Calímaco, y uno de sus cometidos fue confeccionar una especie de índice de autores, sobre la base de los exhaustivos catálogos de la biblioteca. Sven Dahl en su Historia del libro cuenta cómo, a pesar de que la mayor parte de su trabajo se ha perdido, el conservado «confirma las excelentes cualidades de bibliotecario del viejo autor griego».

Saltan a la vista las diferencias entre la biblioteca de Alejandría y el proyecto puesto en marcha por Google en «varias docenas de edificios en todo el mundo, con trabajadores por horas doblados sobre un escáner de mesa, que convierten libros polvorientos en objetos de alta tecnología», en palabras de Kelly. También Ptolomeo podría haber contratado esclavos letrados para que copiaran rollos sin descanso. Le habría salido mucho más barato, pero el suyo era un proyecto intelectual, mientras que el de Google es un trabajo meramente técnico por una sencilla razón: todo el trabajo de catalogación, clasificación o comentario de los volúmenes ya se lo dan hecho las bibliotecas y las editoriales.

Sin esa labor previa, para la que resulta imprescindible el know how de gentes como Calímaco, el proyecto de Google resultaría baldío, pues en lugar de una biblioteca daría como resultado un marasmo de páginas deslavazadas, tan caótico que, más que ayudar al avance de la sabiduría, contribuiría al aturdimiento general. Los buscadores como Google, que Kelly elogia entusiasmado, son de gran ayuda cuando se quiere encontrar un título concreto de un autor; pero en las bibliotecas también se hace la operación inversa: consultar genéricamente un asunto para descubrir títulos desconocidos que pueden aportarnos información relevante. Con frecuencia un lector busca un libro, pero muy a menudo lo encuentra, le sale al paso en los anaqueles: los motores de búsqueda de internet son inútiles para este tipo de pesquisa incierta, necesaria y siempre sorprendente.

 

Comentarios

¿Tú qué opinas?

Si quieres recibir información de Club Kirico, suscríbete a nuestras novedades