Edward Gorey tuvo en vida fama de estrafalario: era habitual verle con un largo abrigo de piel —ya fuera verano o invierno— y mantenerse fuera de las modas. Siempre se inspiró en el estilo victoriano de libros infantiles, donde los niños son casi siempre víctimas. Gorey no solo fue un ilustrador singular sino que su escritura era depurada y poética, con unas rimas inspiradas en la tradición inglesa del nonsense. En este libro de pequeño formato y cuidada composición, tres niños juegan en el campo con las flores mientras, a lo lejos, un monstruo va a perseguirles en breve. Ajenos al drama, siguen su vida de niños —tazón de leche por la tarde, juegos antes de ir a la cama—, hasta que por la noche el monstruo toca su puerta. “Qué ruidos tan poco tiernos, ¿por qué habrá venido a vernos?” se preguntan los niños. Cuando descubren sus fauces y sus garras ya será demasiado tarde y los tres acabarán en la panza del Wuggly Ump. La traducción de los textos de Gorey es fundamental para recrear un ambiente absurdo y tragicómico y en este libro el traductor recrea magistralmente el estilo del autor.
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