La feria de los milagros

Cada año, desde hace 20, en la ciudad mexicana de Guadalajara hay nueve días en los que se producen milagros. Ocurren en la Feria Internacional del Libro, donde los asistentes, que sueltan 20 pesos por entrar, son capaces de provocar, como el sábado, colas en las cajas para pagar o que se cuelgue literalmente un cartel de "Cupo lleno" en una sala para más de 400 personas para escuchar una brillante pero culta conferencia de Carlos Fuentes que enlazó y confrontó sin pestañear El Quijote con media literatura universal. Fenómenos de overbooking como esos, muy frecuentes en esta feria, son casi de realismo mágico porque en México una de cada tres personas no lee nada nunca, apenas la mitad de la población asegura hacerlo (56,4%) y, cuando lo hacen, parece que les cuesta cuatro meses acabar un libro porque sólo leen de promedio tres al año (2,9%).

Tras cientos de atávicas especulaciones, México puede por primera vez en su historia saber con exactitud qué, cómo y cuándo leen sus ciudadanos gracias a los resultados de la primera Encuesta Nacional de Lectura, realizada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, cuyos resultados, reunidos en un estudio, fueron presentados ayer.

Las cifras son agridulces. El 56,4% de gente que declara leer está por encima del índice español (55%) y hay casi un empate técnico entre hombres y mujeres (en España ya leen más las segundas), pero el optimismo amaina con otros guarismos: los apenas tres libros leídos de media al año están muy por debajo de los siete que consume el que es lector en España. Y es que una tercera parte de los mexicanos dedica apenas dos horas a la semana a la lectura. Luego están los desequilibrios: en el sur de México (Chiapas, Veracruz, Yucatán, Oaxaca…) los lectores se quedan en el 47%, el índice más bajo del país, muy lejos del 74,5% que presenta la ciudad de México, donde más se lee, seguida por la propia Guadalajara, que tiene exactamente la media nacional (56,4%). Las excusas de los que no tocan un libro son, en este caso, internacionales: falta de tiempo (69,9%) y, en un ataque de sinceridad de los consultados, porque no les gusta (30%).

Si el gobierno mexicano debería estar inquieto, más tendrían que estarlo los editores, al comprobar que poco más de la mitad de los encuestados (54,3%) declaró no haber comprado ni un solo libro. Y lo que es peor: entre los que leen, casi la mitad se nutren de ejemplares dejados por amigos (20%), de los regalados (18%) y de los préstamos bibliotecarios (10,2%). Los libreros -una especie escasa: apenas hay un millar de librerías en todo el país y muy concentradas en las ciudades- están al borde del suicidio: cuatro de cada 10 entrevistados no ha pisado nunca uno de sus establecimientos. La media de lo que se gastan al año los mexicanos en libros son unos paupérrimos 294 pesos.

El milagro anual de Guadalajara tiene, claro, una explicación terrenal: la franja de mexicanos entre 18 y 22 años, una colonia de mirlos blancos que son los que más leen (su media sube a 4,5 libros al año y también son los principales consumidores de prensa). Y también las clases medias, que leen más (79,2%) que incluso las de rentas más altas (75,9%). El secreto está en el valor social, en el respeto reverencial que los mexicanos tienen al libro: para un 75% de ellos, la lectura sirve para aprender; de alguna manera, para informarse y formarse profesionalmente; como forma de entretenimiento sólo lo califican el 5%, en los antípodas del criterio de los lectores españoles, para los que el libro es básicamente entretenimiento (91,5%), un producto más de la industria del ocio.

Los que leen lo hacen en su casa, en su habitación, devorando especialmente novelas y libros de historia, amén de los de superación personal. Cada franja de edad tiene su best seller: La Biblia (lectores de más de 56 años), El Quijote, Cien años de soledad (46-55), El código Da Vinci (18-39) y la serie de Harry Potter (12-17). El mexicano Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Gabriel García Márquez, Miguel de Cervantes, Octavio Paz y Pablo Neruda son, por este orden, los autores preferidos según el estudio, cuya tipología de lectores podría ser usado como modelo en una cumbre iberoamericana de analistas de la lectura que se prepara para el año 2007. El acto de presentación del estudio resume los milagros y las miserias del libro en México: la asistencia de público no era despreciable, pero del informe se han impreso sólo 1.000 ejemplares.

 

Leer es 'sexy'

El rector de la Universidad de Guadalajara, Raúl Padilla López, cree que ahora es el momento delicado del salón: se trata de mantenerse arriba. No tendría que preocuparse: la heterodoxia de la feria es tal que la convierte hoy en irrepetible. Un paseo de diletante lo ratifica: el visitante camina bajo una lluvia de palabras de escritores que cuelgan del techo desde unas banderolas que financian marcas de bebidas alcohólicas, bancos, ordenadores… No hay casi nada de la organización que no esté patrocinado. Aunque pocos lean, la feria es la que ha puesto a Guadalajara en el mapa y las empresas lo saben. Y las autoridades también: los participantes dejan 50 millones de dólares en la ciudad. Imbuidos por este ambiente, en las casetas es fácil encontrar singulares campañas de promoción: camisetas de aire andalusí (Grupo Santillana), novelas contadas desde pantallas de tele a partir de imágenes de películas y voz en off de suspense… O una más sugerente: esbeltas jóvenes de corta falda a la entrada de los pabellones, con una banda con la editorial allí donde la iconografía clásica pone el título de miss. "Eso ha amainado, pero hace unos años todos querían ir a la caseta del grupo Océano porque las chicas parecían del Play Boy", recuerda un directivo español. Los tiempos cambian. Por eso, las de Random House Mondadori van tapadas, de cuello a tobillo, con un mono rojo en que sólo se distingue una frase en letras blancas: "Leer es sexy". La lucen justo en su trasero.

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