Incluso a veces leemos libros (Manuel Huerga – El País)

Y es que los tiempos están cambiando, aunque en realidad no han parado de cambiar desde que tengo uso de razón. Debo reconocer que durante un tiempo se apoderó de mí cierta mala conciencia por haber abandonado la costumbre de leer… de leer libros, cuentos, cosas así, se entiende. Con los primeros síntomas hice lo que todos solemos hacer ante la pereza: superarla a base de esfuerzos y sacrificio, marcándome obligaciones y metas para mantener viva una fidelidad que a pesar de todo seguía languideciendo de forma muy parecida al fenómeno del desamor. Posiblemente estaba engañando a los libros con otra. Pero ¿por qué debía sentirme mal? Además lo cierto es que yo no tengo la sensación de leer menos, aunque sí es verdad que leo menos novelas. Pero también tiene su lógica. Así que, tras un período esgrimiendo excusas por la falta de tiempo, el trabajo, las obligaciones y los compromisos, decides finalmente entregarte a la tentación de otros lenguajes que irrumpien con fuerza en nuestro entorno cultural.

Pero, insisto, yo no he dejado de leer. Empezando por los periódicos y las revistas, que son citas regulares con la información y la opinión, nuestra inmersión diaria con la actualidad nos ocupa buena parte del día y la mayoría de las veces ni siquiera conseguimos agotarla. Sólo hay que ver la contundente oferta de la prensa dominical para darse cuenta que es materialmente imposible leerse todo aquello sin perecer en el intento. Porque también debemos ocuparnos de consultar ensayos, libros especializados y diccionarios, enciclopedias y toda clase de textos que nos ayudan a preparar y documentar nuestro trabajo, asi como los estudios y los informes. Cualquier día nos puede deparar citas con una literatura mucho menos amena y de la que que no nos podemos librar fácilmente: leyes, estatutos, contratos, presupuestos, facturas, convenios, reclamaciones, recibos y multas, sin olvidar los crípticos manuales de uso, los folletos, la propaganda, los anuncios y las invitaciones. Cuando podemos, leemos cómics y fanzines. Pero también existen los guiones, las obras de teatro, los libretos, las letras de canciones, los subtítulos de las películas, incluso devoramos recetas de cocina y textos de autoayuda, sin olvidar que a algunos, en su mesita de noche, les aguarda la Biblia, el Corán o el Talmud.

Por si fuera poco, la era digital nos ha abierto los sentidos al vertiginoso territorio de internet, que por sí mismo ya es un caudal infinito de conocimiento, mayoritariamente escrito, pero también muy orientado hacia un conocimiento intuitivo para el que debemos explorar y ejercitar nuestros própios límites y nuestros propios sentidos. Con internet también tenemos una obligada cita con nuestro correo electrónico y más recientemente con el fascinante mundo de los chats, los foros, los blogs (ni me atrevo a confesar el tiempo que invierto en leer blogs!) y aqui podemos incluír también el tiempo que dedicamos a leer y escribir mensajes del móbil.

Pues bien, a pesar de todo, incluso a veces leemos libros. Y también diría que escribimos más. Aunque usamos menos el bolígrafo, nadie puede dudar que nos seguimos relacionando en gran medida por el texto escrito pero no cabe duda que el libro, en tanto que contenedor y transmisor de conocimiento, ha tenido que hacer sitio -que no desaparecer- a un torrente de nuevos estímulos audiovisules, mediáticos y de entretenimiento que, según las preferencia de cada cual, relevan, suplantan, mejoran o vulgarizan el concepto tradicional de literatura. Quizás para los editores y libreros del futuro el horizonte se presente una pizca menos lucrativo, pero no veo yo ningún atisbo de extinción para dicho gremio, y mucho menos para el porvenir de los escritores que son, supuestamente, de quienes estamos hablando hoy, o por lo menos, de quienes sigo esperando mucho. Del mismo modo que Cervantes utilizó la escritura para alcanzar una cima universal en el arte de escribir, y que los folletines de Flaubert mantenían atrapada a la gente agrupada en corros por las calles del siglo XIX, no es menos cierto que la época en la que les tocó vivir no permitía gran variedad de formas de expresión. Hoy día, el mismo entretenimiento, la misma información y toda clase de opiniones que nos ofrecen los periódicos y las revistas también se pueden encontrar en la radio y la televisión. Los temas de consulta y los ensayos son rastreables a través de la red, pero también viendo o adquiriendo documentales especializados en soportes videográficos. La poesía ya no es una sublimación exclusiva de las palabras: siempre ha habido poesía en la música y en las canciones, en las imágenes, en los graffitis e incluso en más de un msn.

La actual oferta de entretenimiento, el ocio o la simple distracción barren como un tsunami el papel preponderante que la novela y la narrativa en general ha tenido en otros tiempos. Y no por ello hay que rasgarse las vestiduras. El cine -digámoslo ya- ha sido la novela del siglo XX, y todavía está por ver cuál será la del siglo XXI. La demanda del ser humano por vivir historias ajenas como propias es inagotable. Por supuesto que necesitamos la literatura y necesitamos a los escritores. Pero quizás ya no necesitamos tanto los libros porque han mutado en nuevas formas de llegar a nosotros. Muchas veces la literatura es carne de cine y ha sido la fuente inspiradora de incontables obras maestras, del mismo modo que el "arte total" de Richard Wagner estaba intuyendo el cine, y su música se aseguraba un brillante futuro mudando de los teatros de ópera a las bandas sonoras.

Nada se destruye, todo se transforma. Leemos de otro modo porque vivimos de otro modo. Porque son otros tiempos. Así de simple.

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