Fantasía ‘made in Spain’

Los universos imaginados, a mitad de camino entre realidades donde los muertos no se comportan como se supone, las plataformas espaciales ocultas para la mayoría, las espadas mágicas, los héroes que podrían haber sido y los monstruos extraordinarios creados por autores españoles están creciendo y haciéndose fuertes. Ya sea a rebufo del brutal éxito de Harry Potter y la segunda juventud del mundo de Tolkien, o porque la generación que creció con el cómic y la novela fantástica empieza a peinar canas y ve el género con naturalidad, o porque la calidad ha aumentado (quizá por estas razones juntas), cada vez hay más autores españoles que revientan las modestas ventas medias a los incondicionales de la literatura fantástica (unos 2.000 ejemplares) y salen fuera de nuestras fronteras.

Javier Negrete, con la fantasía épica de La espada de fuego o la ucronía de Alejandro Magno y las águilas de Roma (ambas en Minotauro); Elia Barceló, que ha trabajado desde la ciencia-ficción a la fantasía (El mundo de Yarek y El vuelo del hipogrifo, ambas en Lengua de Trapo), pasando por el terror (El contrincante, en Minotauro); José Antonio Cotrina, Rodolfo Martínez con su Sherlock Holmes enfrentado a lo sobrenatural (Bibliópolis), Juan Miguel Aguilera, con obras de ciencia-ficción histórica como La locura de Dios (Ediciones B), César Mallorquí, Rafael Marín… La lista es larga y se desborda del todo en la parte juvenil -que ha trabajado buena parte de estos autores- con la serie de Memorias de Idhún (SM), el mundo de magia y aventura (con seres, por ejemplo, medio humanos y medio unicornios) de la joven escritora de 29 años Laura Gallego, que ya ha vendido más de 100.000 ejemplares.

Fantasía histórica, heroica, urbana, ucronía, space opera, cyberpunk, ciencia-ficción, terror… Todos ellos pueden compartir la etiqueta de literatura no realista y reunirse en torno a editoriales y grupos de aficionados. Pero poco más tienen en común, salvo quizá un esfuerzo narrativo, un mayor peso de la historia sobre la forma, un gusto por la fusión de géneros y una necesidad de salirse del "realismo cotidiano, de la narración periodística", en palabras de Elia Barceló. El inmenso abanico puede ir desde la huella de Julio Cortázar en la obra de Barceló (muchos autores ajenos al mundo especializado del género, como José María Merino o Cristina Fernández Cubas, se adentran en sus cuentos por caminos parecidos), a un Negrete cuya formación clásica (es profesor de griego en un instituto de Plasencia) le lleva a mundos de la antigüedad, en los que se desarrollan sus aventuras de espada y brujería.

"No lo veo bien, pero lo veo mejor que nunca", dice Rodolfo Martínez sobre ese género no realista en España. Y lo cierto es que cada vez hay más autores profesionales (o casi) salidos del mundo del aficionado que escribe (el llamado fandom), más editores amateurs que también se profesionalizan (lo dice, por experiencia propia, Luis García Prado, de Bibliópolis) y más escritores españoles que sacan pecho en el extranjero (La locura de Dios ha vendido unos 30.000 ejemplares en Francia). "Yo creo que simplemente el género se va normalizando, como ya ocurre en muchos otros países como Francia, Italia o Alemania", asegura el especialista Julián Díez. Hace unos cuatro años, sólo el 15% de los autores que publicaba Minotauro (que acapara la mayor parte del sector) eran españoles. Hoy están cerca del 30%, explica José López Jara, su director. "Las editoriales de repente han descubierto que los autores españoles funcionan bien", resume el crítico, ex director de la revista barcelonesa dedicada al género Gigamesh, Juanma Santiago.

Esta tendencia tal vez forme parte de la incursión cada vez más frecuente de lo inexplicable en nuestra cotidianidad. "Lo fantástico ha aportado cosas interesantes. Es decir, los muertos de Rulfo, ¿son de lo fantástico? García Márquez está lleno de esos elementos… No son escritores fantásticos, pero lo fantástico ha dado muchas cosas a la literatura canónica, le ha dado posibilidades". El escritor José María Merino hablaba así en un curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander, que ha repasado la literatura fantástica española desde una perspectiva que representa parte de la obra de Merino, por ejemplo, El viajero perdido (Alfaguara).

Se trata de una fantasía que tiene una larga tradición a sus espaldas (de Edgar Allan Poe a Cortázar) y que parece encontrar en el cuento y el microrrelato el traje que mejor le sienta. Es una idea de lo fantástico como transgresión de lo cotidiano desde dentro de lo cotidiano, que tiene que ver con la inquietud o terror de llevar lo inexplicable (aparecidos, fantasmas, muertos vivientes, objetos misteriosos) a una casa muy parecida a la suya en la que cosas inexplicables le pasan a gente muy parecida a usted.

Cristina Fernández Cubas, con libros de cuentos como Los castillos de Brumal o Parientes pobres del diablo (Tusquets), es quizá el otro gran ejemplo de esta forma de entender lo fantástico. "Yo me muevo en un terreno intermedio, con ventanas a lo racional, donde lo desconocido se cuela de vez en cuando", explica la autora. "Lo inquietante, que es lo que busco yo, no tiene por qué ser un monstruo, puede estar en un vaso corriente, en un recuerdo, aunque también tengo ovejas carnívoras…".

Merino tiene publicada una antología del cuento español del siglo XX. ¿Qué autores contemporáneos no podrían faltar si esa antología fuera de cuentos fantásticos? "Alguno de Fernández Cubas, Juan José Millás, Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio, incluso alguno de Javier Marías y Antonio Muñoz Molina".

Con acento americano

Si Tolkien empezó a construir su mundo muy cerca de la Europa medieval, y Negrete llevó el suyo a la antigüedad clásica, la autora argentina Liliana Bodoc hizo lo propio con lo que correspondía, llevó su trilogía de épica fantástica La saga de los confines (Los días del Venado, Los días de la Sombra y Los días del Fuego, este último recién publicado en España) a un mundo que tiene mucho de la América aborigen, de mapuches, aztecas, mayas o del Popol Vuh. El primer título, publicado en Argentina en 2000, hace tiempo que dejó atrás la cifra de 120.000 ejemplares vendidos en América Latina con sus historias en las que el bien y el mal luchan a espada y poniendo a prueba su magia en las Tierras Fértiles. Bodoc es, sin duda, una de las autoras más importantes del género.

Pero también la literatura fantástica hispanoamericana presenta dentro de ese epígrafe la misma heterogeneidad de géneros, contenidos y mezclas. "Se presenta bajo mil caras distintas", escribe Ana María Morales, de la Universidad Autónoma de México, organizadora del último coloquio Internacional de Literatura Fantástica, celebrado en junio en Gotemburgo (Suecia). Así, si hubiera que hacer un repaso de algunos de los autores que más están sobresaliendo dentro de ese macroepígrafe en América Latina, la lista tendría que ir desde los escenarios de ciencia-ficción y fantasía usados por el argentino Carlos Gardini para hablar de los problemas humanos actuales, hasta la literatura en la frontera entre lo fantástico y el realismo mágico de la cubana Daina Chaviano, con obras como Historias de hadas para adultos, o el ciberchamanismo de obras como Ygdrasil, del chileno Jorge Baradit.

UMBRÍA

Umbría es una región entre Cantabria y Asturias en la que "pasan cosas raras", los muertos no están muertos del todo, el tiempo no siempre va en la misma dirección o hay islas que aparecen y desaparecen. "Es un lugar donde lo fantástico coexiste con lo realista. La gente de allí lo sabe, pero trata de no hablar de ello", explica Elia Barceló, que ha situado en Umbría 'El vuelo del hipogrifo' y 'El secreto del orfebre'.

¿Y SI ALEJANDRO MAGNO NO HUBIERA MUERTO?

Frente a otros mundos épicos, como el de 'El señor de los Anillos', el de 'La espada de fuego', de Javier Negrete, tiene más que ver con la antigüedad, de Grecia a Roma.

En 'Alejandro Magno y las águilas de Roma' responde a la pregunta que se hizo Tito Livio hace unos 2.000 años: ¿Qué habría pasado si Alejandro no hubiera muerto?

LILITH, LA SEGUNDA LUNA DE LA TIERRA

Lilith, "la segunda luna de la Tierra orbitando alrededor de la Tierra", una plataforma espacial, un mundo "oculto a los ojos de la mayoría porque está construida entre las líneas de la realidad". Es una segunda luna y se llama Lilith. Es una especie de paraíso de escape, "poblado de maravillas, pero en el que también hay seres espantosos". "Es un 'puzzle' en el que las piezas van formando cosas mayores", explica José Antonio Cotrina, que dibujó Lilith en el cuento del mismo título, lo ha visitado en otras obras y volverá hacerlo, asegura.

SHERLOCK HOLMES CONTRA LOVECRAFT

"Todo puede formar parte del mismo universo propio: Sherlock Holmes, Lovecraft, los superhéroes o las novelas de espías". Es lo que hace Rodolfo Martínez en tres de sus novelas: 'Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos', 'Sherlock Holmes y las huellas del poeta' y 'Sherlock Holmes y la boca del infierno'.

 

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