El secreto de los cuentos

EL SECRETO DE LOS CUENTOS. Gustavo Martín Garzo

Lo
que nos permiten los cuentos es adentrarnos en los pensamientos
secretos de los seres que amamos. Y lo maravilloso es poder leerlos
como si fuera la primera vez que se hace en el mundo, sin saber nada de
ellos.

Shakespeare decía que el amor es demasiado joven para
tener conciencia, y así debe ser la lengua literaria: una lengua
arrebatada a los sueños, demasiado joven para saber lo que dice. Todos
los cuentos tienen que ver con el amor, que es encantamiento, atención,
desvelo… Y, sobre todo, alegría. Hacer posible lo que no lo parece,
reestablecer el reino de la posibilidad, eso es lo que entiendo por
alegría. Y esa alegría está en todos los grandes cuentos, y es lógico
por ello que queramos que los niños los lean. Y lo mejor para lograrlo
es predicar con el ejemplo. Es decir, hacer que la lectura y los libros
pasen a ser algo tan natural y gozoso para ellos como ver a su madre
haciendo un bizcocho. Creo que no hay escena más maravillosa, más
misteriosa, para un niño, pues inevitablemente cuando ve a esa persona
querida ensimismada en las páginas de un libro no puede dejar de
preguntarse qué es lo que hace en realidad y en qué ocupa sus
pensamientos. Adentrarnos en los pensamientos secretos de los seres que
amamos, eso es lo que nos permiten los cuentos. Y lo maravilloso es
poder leerlos, o escucharlos, como si fuera la primera vez que se hace
en el mundo, sin saber nada de ellos: ni siquiera la época en que
fueron escritos, ni siquiera el idioma, si están traducidos o no. Poder
leerlos, como se escucha una historia en la oscuridad, confiando que
nos traiga noticias de lo que amamos, que nos consuele de esa
oscuridad, que nos ofrezca motivos para seguir viviendo…

Y es
curioso que la mayoría de las veces para transmitirnos este amor a la
vida los escritores tengan que recurrir a historias desoladoras.
Cervantes nos dice que debemos amar los sueños, pero su libro termina
con la derrota del caballero que sueña. Y Andersen, ¿qué decir de él?
Su gran tema es la tristeza. Es cierto que la tristeza forma parte del
hombre, y que por eso, como decía Monterroso, todas las grandes
historias son tristes. Pero en Andersen hay un grado más, y su obra se
propone como una exploración de ese continente inmenso, tan terrible
como dulce, que es la tristeza humana. Y sin embargo pocos autores han
sido capaces de escribir historias más conmovedoras y consoladoras que
las suyas. Pensemos en La sirenita, por ejemplo. Su gran tema
es el amor. El amor como aventura, como entrega, como sacrificio. Su
personaje abandona todo cuando tiene y es -su identidad, su vida, su
territorio-, para partir en busca de ese otro que ama. En un mundo que
hace de la identidad, personal, nacional, lingüística, la cuestión
esencial, no puede haber una historia más necesaria que ésta. No creo
que exista posibilidad de vivir sin aventurarse más allá de lo que
conocemos y lo que creemos ser, y en eso La Sirenita es un personaje
ejemplar. Quiere tener además un alma inmortal. ¿Fracasó en su intento?
Yo creo que no, porque logra tener una historia por la que siempre será
recordada. Y ese mundo de los cuentos es el que elige el alma para
aparecer en el mundo.

Me acuerdo de la parábola de las vírgenes
prudentes y necias. Las primeras guardaban su aceite esperando la
llegada del novio que habría de llevarlas a la boda; las segundas, se
entretenían en la noche llevando su lamparita encendida, de forma que
cuando llegaba el novio habían gastado su provisión de aceite y no
podían seguirle. ¿Con cuál de ellas nos quedamos? Si lo hacemos con las
prudentes, nos perdemos el gozo de ese deambular en la noche; si lo
hacemos con las necias, nos quedamos sin boda… Creo que las grandes
historias son las que aciertan a combinar ambos mundos. El personaje de
Peter Pan pertenece al mundo de las vírgenes necias, pero Wendy es una
virgencita prudente; y lo mismo pasa con Don Quijote y Sancho. Una vez
se me ocurrió decir un poco en broma que el narrador era un perverso
con corazón candoroso, pero es lo que creo de verdad.

La razón
última por la que contamos a un niño una historia es buscando su
felicidad. No creo que haya una razón de más peso para contársela. Hay
otras: que les enseñen a ser generosos, a amar la naturaleza y a los
animales, a confiar en los que quieren, a no tener miedo. Pero lo
esencial es que les haga felices escucharla. Si no, ¿para qué se la
contaríamos? Es como cocinar ciertos platos para ellos. Lo hacemos
porque necesitan alimentarse, pero ese mundo de bizcochos, tartas de
chocolate, natillas y leche frita, pertenece a lo que antes llamé el
mundo del alma. Y el alma es la parte menos doctrinal y previsible del
hombre, porque ama vivir sin porqués. Borges decía que quien escribe
para niños puede quedar contaminado de puerilidad, y es cierto. Pero no
lo es menos que el problema no está en los riesgos que se corren sino
en cómo se logran salvar. Además, ¿qué es ser pueril? Somos pueriles
cuando jugamos con un niño pequeño o cuando paseamos con un perro.
Somos pueriles cuando amamos a alguien, cuando nos arreglamos para ir a
una fiesta o cuando bailamos, y lo seremos definitivamente cuando nos
hagamos ancianos. Don Quijote es pueril, y muchos personajes de Kafka
también lo son. Incluso me atrevería a decir que la lectura es un acto
pueril, ya que nos instala en el mundo de la irrealidad. En ese caso,
¿por qué habría de ser mala? La puerilidad no se confunde con la
niñería. Tenemos vidas reales pero nos enamoramos de vidas irreales.

En
cierta forma el anhelo de belleza también es pueril. No nos basta, por
ejemplo, con que los libros merezcan la pena, nos gusta también que
sean hermosos, que alegren nuestra vista. Y esto lo saben bien los
editores de libros. Es importante que el niño los vea como lo que son,
objetos semejantes a un cofre maravilloso, una lámpara que oculta un
genio o una alfombra voladora… Todos esos objetos, como les pasa a
los libros, tienen una doble naturaleza. Son a la vez objetos comunes,
que forman parte de nuestra vida cotidiana, una lámpara, una alfombra,
un baúl; pero, a la vez, son puertas, lugares de tránsito, que nos
comunican con otros mundos. Pero las puertas siempre han sido lugares
sagrados. El escritor japonés Haruki Murakami nos cuenta en uno de sus
libros que los chinos enterraban en el umbral de las puertas de sus
ciudades huesos de antiguos guerreros y sacrificaban perros para que su
sangre los vivificara y así pudieran defender mejor sus accesos. Las
puertas comunican los distintos mundos, y ésa es la función de la
literatura. En cierta forma, todos los grandes libros tienen algo de
sagrado. Y ese carácter viene precisamente de su poder para vincular
mundos que estaban separados: el mundo de los vivos y el de los
muertos, el de los adultos y los niños, el de los hombres y el de los
animales, el del hombre y la mujer… Y es el alma, nuestra alma, quien
realiza esos viajes. Podríamos decir que los verdaderos cuentos son los
que guardan la memoria de esas andanzas del alma. El emperador Adriano
dijo que era un huésped caprichoso. Contamos historias para que esa
"pequeña alma vagabunda y dulce" siga a nuestro lado en el mundo. O
mejor dicho, los cuentos son la prueba de que sigue aquí, con nosotros.
Cuando el mundo deja de contarnos cosas es porque nuestro huésped se ha
ido…

Gustavo Martín Garzo es escritor.

Fuente El País.

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