¿De qué hablamos cuando hablamos de animación a la lectura?

Por PACO ABRIL

O
resulta baladí responder a esta pregunta, pues hoy todo parece estar
necesitado de animación. Se hace animación en los hoteles, en las
escuelas, en las residencias de la tercera edad, en los hospitales, en
las bibliotecas, en los museos, en las cárceles, en las iglesias, en la
calle…
Es tal el abanico de actividades que pretende abarcar la
animación que resulta harto difícil entender lo que se quiere decir con
tan manido vocablo.
La animación se aplica como una panacea
universal, un fármaco curalotodo, una fórmula magistral estimulante
contra el desencanto.

Los creyentes en esta casi religión,
obnubilados por su fe, ponen en cuestión cualquier movimiento político
o social que no ejerza sus liturgias.

Hasta la Real Academia Española, lenta para otras incorporaciones, ha incluido el vocablo animación definiéndolo así:

«Conjunto
de acciones destinadas a impulsar la participación de los individuos en
una determinada actividad, y especialmente en el desarrollo
sociocultural del grupo de que forman parte».

La animación se
ha olvidado de lo de la participación y el desarrollo y se ha
enganchado a la diversión. Su meta es distraer, como ya traté de
explicar en «La obsesión por divertir» (artículo aparecido en este
periódico el 5 de julio de 2007).

Una maestra contaba que
había oído decir a un niño: «Yo lo paso muy bien cuando hay en el cole
animación a la lectura, pero leer no leo, porque me aburre».
Contradicción ésta que debería percibirse como una señal inequívoca de
alarma, de que algo no va bien en la dichosa animación, puesto que no
consigue los fines que se propone.

La animación a la lectura
se parece cada vez más a una cruzada. Los animadores, pertrechados en
su fe, se lanzan a rescatar la lectura que se halla en poder del
infiel. En toda cruzada hay algo sagrado que moviliza su recuperación y
un contumaz enemigo que lo impide.

Lo sagrado, lo sublime para
estos cruzados, es la lectura; el obstinado enemigo, la televisión y
demás mefistofélicas pantallas.

Los animadores de la lectura,
en vez de instarnos a leer, pretenden azuzarnos contra el enemigo, que
empezó tomando la sala de estar y que ahora no sólo ocupa casi todas
las dependencias de la casa, sino que se ha instalado, como un
alienígena inquietante, hasta en el interior de nuestros bolsillos.

Y
la metáfora toma cuerpo real en los numerosos encuentros que congregan
con cierta frecuencia a este Ejército de Salvación. En ellos, estos
profetas de la lectura predican sobre sus bondades y la catástrofe de
su pérdida. En sus machacones sermones, insisten, sobre todo, en los
terribles peligros de «las drogas que se enchufan». Y, con clamor
apocalíptico, nos exhortan a desengancharnos de esos objetos malignos
de mirada diabólica que nos hacen suyos y nos reducen a la esclavitud
más abyecta.

Y no es que estos cruzados sean lectores
empedernidos, qué va. Son los acólitos de una devoción que, en general,
practican poco. Lo que caracteriza este dogma es la fe de sus
creyentes, no su práctica. Así, entre ellos, no es difícil encontrar
personas cuya ignorancia sobre los niños es casi tan grande como su
ignorancia sobre los libros. Si para ellos el enemigo es cualquier
pantalla, el amigo no es el libro.

Con amigos como ésos la lectura no necesita enemigos.

Cualquiera
puede ser animador a la lectura. No hace falta preparación ni
conocimiento alguno. Este apostolado exige, sobre todo, creer y tener
buena voluntad. Porque ser cruzado es cuestión de fe, no de
conocimiento. Aunque, para ellos, las pantallas son el gran mal,
piensan que nacemos con una propensión negativa hacia los libros.

En
una comida de un curso de periodismo e infancia, me comentaba un
entusiasta profesor que él utilizaba la película «Shrek» como modelo de
guión para trabajarlo con sus alumnos universitarios. Le comenté que
era una de las películas preferidas de mi hijo, entonces de 3 años. A
mi lado se encontraba el joven director del curso del que yo era uno de
los profesores. Me giré y le pregunté si había visto la película: «¡Ni
la vi ni la pienso ver!», me espetó en un tono tan inesperado, cortante
y desabrido que no admitía réplica. A continuación se volvió hacia otro
interlocutor para iniciar una conversación más enjundiosa. Sólo le
faltó decir que, al enemigo, ni agua.

Si me hubiera dado
ocasión, le hubiera contado que mi hijo veía películas y escuchaba
cuentos. Que los cuentos eran tan imprescindibles para él como la
comida o más, dado que podía pasarse sin alimentar su cuerpo, pero no
podía prescindir sin alimentar su mente. De ahí que la frase que más se
le oye repetir cuando alguien hace una pausa en la historia que le está
narrando es: «Sígueme contando».

Si estos apocalípticos, si
estos cruzados de la lectura investigaran las causas de por qué se lee
tan poco, se darían cuenta de que los niños no nacen no lectores, sino
que, a muchos, se les hace no lectores desde que nacen, y que
precisamente ellos son también responsables de ese mal de
aborrecimiento a la lectura que ellos tratan de combatir.

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