Ayala supera el siglo (Babelia El País)

Bien, cumplidos ya los ciento y un años, Francisco Ayala puede ver vivito y coleando, en un milagro que se repite todos los días (y que no pare todavía) la publicación por vez primera de sus Obras completas, ya otras veces iniciada pero interrumpida siempre, y que empiezan in medias res, por un tercer volumen, en una edición muy bien dirigida por su esposa y compañera Carolyn Richmond, su gran legataria universal, presidenta de la fundación que lleva su nombre y que patrocina esta edición.

El año recién pasado terminaba con la aparición de tres grandes volúmenes recopilatorios de su obra, la edición definitiva de Recuerdos y olvidos (Alianza), las Miradas sobre el presente: Ensayos y sociología (Fundación Central Hispano) y el ensayo De mis pasos en la tierra, una exposición sobre su vida y obra, comisariada por Luis García Montero (no confundir con otro título idéntico de textos autobiográficos), así como dos ediciones más, definitivas, de su obra maestra, El jardín de las delicias (Alianza) y de sus relatos casi completos De toda la vida (Tusquets), muy bien preparada también con un largo epílogo por la propia Carolyn Richmond, donde se demostraba hasta la saciedad que la obra de Ayala nace de una doble inspiración, el clasicismo y la vanguardia a la vez. Y habría que retroceder a los orígenes de su obra narrativa, que nacida de la tradición (Tragicomedia de un hombre sin espíritu) surca el experimento y la vanguardia, para no abandonarlas nunca, pues culminará en otro experimento genial, El jardín de las delicias, donde los juegos clasicistas, procedentes del Lazarillo y el perspectivismo del Quijote estallarán en su obra maestra final.

Pero todo esto se verá con

claridad cuando estas Obras completas absolutamente necesarias -que están previstas en seis volúmenes- se vayan reordenando según lo previsto, empezando por su Narrativa (lo fundamental) y sigan por la Autobiografía, antes de continuar por estos Estudios literarios muy bien introducidos por Carolyn Richmond en lo general y por Ricardo Senabre en lo más específico, antes de culminar en los Estudios de Sociología y Ciencia Política (la profesión que le permitió dedicarse a la literatura de creación sin depender de ella), los Artículos de prensa y un volumen final, titulado Miscelánea, que lo completará todo al final, en una edición que será ya un monumento hacia el futuro y la recopilación de una obra ya fundamental para siempre y por la que ya piafamos por conseguir como lectores.

Este volumen no parece afectado por la precipitación que se le supone, pues recoge todos los artículos destinados a la creación literaria, y que reúnen sobre todo tres libros anteriores, El escritor en su siglo, Las plumas del Fénix y El escritor y el cine (pues Ayala fue el primer creador e intelectual que se acercó al fenómeno del nuevo arte del cinematógrafo entonces naciente, y lo ha seguido siempre hasta hoy), dejando para el final un apartado de "otros ensayos", recogidos de siete publicaciones anteriores, y terminando por una reafirmación final de su clasicismo, en La invención del Quijote, que lo culmina todo. El prólogo de Ricardo Senabre es modélico, en mi opinión, aunque quizá prevalece en él lo clásico sobre lo vanguardista, que según creo son los dos polos que gobiernan toda la obra, de crítica y creación, que configuran la gran imagen que Francisco Ayala nos ha legado hacia el futuro.

Desde que le conocí, hace ahora casi medio siglo, una de las cosas que más me sorprendieron de él fue la estima que guardaba por sus años de vanguardista, que así negaba la división entre una etapa experimental y gratuita en su literatura antes de la Guerra Civil y la humanizada o comprometida de después del conflicto, con El hechizado, Los usurpadores, La cabeza del cordero y otras novelas posteriores, aparecidas en España e Hispanoamericana, que le colocaron ya en la cumbre de nuestra narrativa. Su aprecio por el experimento y la vanguardia le venía de que con ello había penetrado de verdad en los secretos de la verdadera literatura, y hasta apreciaba mucho alguna crítica aparecida en Alemania sobre Erika y el invierno (una obra experimental) que rastreaba en ella el fenómeno de la ascensión del nazismo, del que un joven Ayala había sido testigo en una breve estancia berlinesa (lo que luego me permitió recuperar en el diario Informaciones uno de sus mejores relatos de entonces San Silvestre), una estampa de la noche de fin de año en Berlín.

No hubo ruptura entre el Ayala gratuito y vanguardista de antes de la guerra y el comprometido y moralista de después (como se dijo también de su amigo Max Aub), ya más humanizado hasta el final, sino un avance y profundización en su literatura, que supo utilizar las armas proporcionadas por la vanguardia para hacerse todavía más honda y profunda, como muy bien expone Carolyn Richmond en su excelente posfacio a la antología De toda la vida, ya citado en Tusquets. Pues además, tras publicar alguna obra maestra ya en España, como El rapto, o Historia de macacos, haría estallar su obra maestra final, El jardín de las delicias, que al principio fue una doble recopilación entre dos polos -Diablo mundo y Días felices- según se recogió en un apéndice final a la primera edición de su Obra narrativa completa, publicada en México en 1961, y ya definitiva como El jardín de las delicias en 1972, que obtuvo entonces el Premio de la Crítica (y cito por la edición definitiva del año pasado).

Así las cosas, El jardín de las

delicias es la obra maestra de la narrativa de Ayala, su despedida del género y su estallido final, la ruptura de la novela en un caleidoscopio de mil fragmentos que descomponen y recomponen un mundo y un rostro, o dos, el de su autor y el de su lector, o mil o millones, según todos los que se acerquen a él, y allí vean el de su autor, el más lúcido de toda la literatura española de nuestros días, aunque el Premio Nobel siga resistiéndosele. Y eso es lo que echo en falta en el prólogo específico -que es muy bueno, lo repito- que Ricardo Senabre ha colocado a este tomo, más influido por el clasicismo, que nadie puede tampoco negar, pues su mejor polo sigue siendo Cervantes y El Quijote, desde luego, que por la vanguardia, que ha seguido presente hasta hoy, según ha mostrado en esa obra maestra final, que es El jardín de las delicias. Pues felizmente, y aunque haya que respetar el silencio que hoy le rodea, pues a su edad ya lo tiene bien ganado, el milagro continúa y que no cese, para el bien de todos, su autor, sus lectores y la literatura misma, que hoy encarna para siempre.

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